Qué es lo más maravilloso que recordás?

La Choperita en la Escuela de Medicina Nuclear

Te pregunto: ¿qué es lo más maravilloso que recordás?; ¿qué es lo más bello que has hecho en tu vida? ¿Y lo más loco? ¿Y lo más santo? ¿Cuál será la marca que dejarás, como un tatuaje en el pómulo de un ángel, a los que se pondrán tus zapatos, tus genes y tu apellido cuando te estés pudriendo como un perro un par de metros bajo tierra?

- Hoy es un buen día, me dijo.

Ya no somos felices. Y no lo somos desde el día en que perdimos la ingenuidad primera. A partir de entonces, todo se redujo a ejecutar con mayor o menor éxito ciertas operaciones de cambio: respirar, erguirnos sobre dos patas, adoptar un lenguaje y separarnos del mundo hasta jerarquizarlo. Esto, para empezar.

Ya no somos felices y, en realidad, casi nunca lo fuimos. Luego de obtener humanidad, se nos vino el mundo encima. Se nos vino encima como una gorda en pedo, como un vómito del cielo, como un elefante con epilepsia, como la noche inmensa, como un carro de asalto se nos vino encima. Y así, boleados, atónitos, azorados, atravesamos la institucionalidad educativa memorizando sus glosas, sus héroes y sus sumas de manzanas. Entonces, nos recibimos de enanos.

Y así festejamos el “Día del Niño” con nuestros huesos blandos y nuestros ojos limpios; festejamos como quien festeja el final de una guerra, con un globo en la mano, haciendo cola en el Parque, para obtener una taza de chocolate caliente de manos de un cabo primero jugando a la democracia al pie de una verde cocina militar.

Esto es vivir, amigos: quedar sujetos al capricho de las estaciones, amar a este montón de íntimos extraños que nos tocó en suerte con las designaciones del parentesco y convencerse de que, a pesar de lo infinito que son el universo y el olvido, nosotros –los innecesarios, los sin sentido, los humanos, los brevísimos– llegamos aquí con algún propósito definido.

Lo cierto es que, en realidad, somos tan pequeños y absurdos al lado de nuestra imaginación que nos convertimos en alguien por el solo y nimio hecho de que nuestras fantasías merecen un ego acorde con sus avaricias. Somos quienes somos porque nuestras fantasías necesitaban un sitio de descanso.

Así, en definitiva, es como nace la cultura: como una herramienta apropiada de nuestro mundo de fantasías, que está hecho de humo, de vapor de agua, de fantasmas, de promesas.

Quizás por eso, porque es tan grande nuestro mundo de fantasías, es que un buen día cada uno de nosotros decide desconocer los placeres del arte, por ejemplo. Quizás porque es tan difícil responderle a nuestras voces interiores y mirar en los ojos del espejo nuestros ojos, un buen día vamos a un comercio y compramos en cuotas un control remoto, un anillo de boda y un kilo de marotilla. Quizás, en definitiva, porque no tuvimos el valor suficiente para ser consecuentes con el niño que llevamos dentro, un buen día maduramos, nos hicimos hombres y mujeres, licenciados en algo, maestros mayores en esto y artesanos de esto otro. Y nunca, en verdad, ni siquiera llegamos a sospechar de qué se trata ser felices.

Y fuimos creciendo, amigos. Y compramos una mascota y una bufanda para el cuello y unas ojotas para enero, al tiempo que, tras minucioso estudio, fuimos determinando fortalezas y debilidades para logar el cometido mayor: encontrar a alguien que, en verdad, quisiera hacernos compañía y a esa compañía la pintamos de colores imposibles y tuvimos miedos y nos gustó y al cuadro final de la escena lo denominamos amor.

Y anduvimos por ahí, detrás de la migaja del sueldo, y soportamos un jefe que rigurosamente resultó ser más estúpido que nosotros y despertamos a la madrugada, llenos de estupor, para llegar a horario al trabajo montados en una cinta transportadora. Y volvimos a casa y nos sacamos la careta y memorizamos los pasos del beso y, de vez en cuando, en tres pasos, hicimos el amor con nuestra compañera o compañero como quien, en realidad, descarga su latido y su lágrima en un confesionario o hace un gol en la Play o como quien muere, que al fin se trata de eso. Morir, está claro, es lo más parecido a la vida.

Ya no somos felices. Ya no somos decentes. Ya no somos honestos. Todo el mundo sabe lo que sabe, pero mira para otro lado. Pueden estar matando ya mismo a cien Corderos de Dios a nuestro lado, que estaremos más preocupados por sobrevivir tras los muros que levantamos para ocultarnos de nuestros pares.

Por eso, te pregunto: ¿qué es lo  más maravilloso que recordás?; ¿qué es lo más bello que has hecho en tu vida? ¿Y lo más loco? ¿Y lo más santo? ¿Cuál será la marca que dejarás, como un tatuaje en el pómulo de un ángel, a los que se pondrán tus zapatos, tus genes y tu apellido cuando te estés pudriendo como un perro un par de metros bajo tierra?

La vida es, en verdad, bella, pero sólo cuando asumimos que transitarla supone un desafío y buena parte de ese desafío tiene que ver con recuperar aquel niño que fuimos cuando niño fuimos: los juegos eran en serio, los días eran eternos y el mundo –que por lo común tenía el tamaño del barrio– era un escenario inexplorado, fascinante,  maravilloso. Nunca hemos sido felices, pero, si la felicidad existiera, viviría escondida como el pianista del Gueto de Varsovia, de Polanski, en los ojos del niño que fuimos y que perdimos.

Amigos, ahora que viene el “Día del Niño” y que muchos de nosotros tuvimos la bendición de tener un hijo para dejar de ser eternos, bien vale la ocasión para mirarlo a la cara y aprender de él, porque, y que de esto no quepa duda, toda la sabiduría del mundo está contenida en la mirada de un niño (sí, es una recomendación remanida, pero la formulo con toda la humildad que me pueda ser posible en este instante).

Me voy con una anécdota.

Hace unos días, un amigo me envió la mejor noticia del mundo: a fuerza de atravesar 42 sesiones de quimioterapia, el tipo superó un cáncer de próstata. Durante más de dos meses, se subió a su moto, su Choperita, como él la llama y se preocupó en llegar puntual, a las 9.15, a la Escuela de Medicina Nuclear, donde le dispararon sustancias químicas como a un personaje de El Padrino.

- Hoy es un buen día, me dijo.

Ahora que es miércoles por la noche y la luna llena parece una moneda imposible en el ojo de Dios, yo entiendo que –ya que nunca hemos sido felices– la felicidad no es superar un cáncer, sino disfrutar del viento en la cara, cuando vas en tu Choperita, camino a una quimioterapia universal.

Para ellos –para mi amigo, para el niño de su pecho y para mi hijo, a quien duermo cada noche– estas palabras adormecidas en el principio de agosto y en vísperas de un nuevo “Día del Niño”.

Ulises Naranjo